
Me cansé. De ser la amiga, de ser la amante, de ser la que no alcanza, de no llegar a ser ese “alguien”. De intentar algo y nunca lograrlo porque en realidad las luces nunca estuvieron enfocando mi camino.
Hoy me volvió a pasar. Y no tiene que ver con que esa persona te guste mucho, poco, te enamore, te apasione o simplemente te caliente. El punto es que una vez en la vida quiero que me elijan a mí y no a otra. Acá hay algo que falta, y algo que sobra. Hay un error. Una confusión. Una falta de sentido. Algo dicho de más, o algo dicho de menos. Algo que se muestra, algo que no es.
No importa la conversación exacta. Las palabras que quedaron flotando fueron “conocí a alguien”, “estamos bien”, “creo que estamos armando algo lindo”.
Y mi pregunta es: ¿por qué carajo no podés ser feliz conmigo que ya me conocés, con quien siempre estuviste bien, y podés armar algo maravilloso?
Claro que la repetición interminable de la misma situación te lleva indefectiblemente al colapso o al delirio.
Salí. Caminé. Bajo un cielo que se veía azul pero se sentía gris. Caminé sola, cargando la desazón, y la angustia. Con una congoja que me oprimía de la garganta a los pies. Caminé. Hasta que todo se nubló. Las lágrimas pesadas caían como hojas en otoño. Sin pausa. Rodaban y caían, estallando contra un suelo hirviente. Me senté en un banco, donde alrededor todo era verde. Y seguí llorando. Sin contención. Como un dique que está reprimiendo un río hace tiempo, y se va agrietando, en silencio, sin sentir más que pequeños temblores y quejidos, hasta que un día se quiebra y se rompe, dejando el agua seguir su cauce natural. Lloré. Con espasmos, con gemidos, con el cuerpo. Lloré por mí. Por él. Por lo que no fue y lo que es. Por lo que di y lo que guardé. Por lo que soy y lo que no. Lloré por lo que muestro y lo que en realidad es y la puta madre no se ve. Por lo que dije y lo que callé. Lloré por la otra, y las otras que fueron, son y serán. Lloré por esos otros que también lo dijeron, que fueron y que nunca serán. Lloré por la ausencia, por la falta, por la soledad. Más que nada por la soledad. Por los errores que cometí. Por lo que no corregí. Lloré. Lloré por la desolación. Por no haber dicho las cosas que sentía. Lloré por la espera, por el tiempo. Por el amor.
Me enjugué las lágrimas, turbias, densas, espesas. Respiré. Una vez, otra vez. Mil. De a poco los músculos se fueron acomodando, el corazón realentando. Las nubes pasaron. Pero el cielo se seguía viendo gris.
No hay respuestas. Sólo preguntas. Sólo una pregunta: ¿por qué nunca soy yo?
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